El miedo: el encierro de uno mismo
Cuando el miedo se ha apoderado de nuestro “yo”, una parte de ello funciona como un soldado que, desde su atalaya, se dedica a vigilar a los enemigos que puedan asediar las defensas del castillo. Pero, al mismo tiempo que lleva a cabo esa función, el soldado – esa parte de mi “yo” – está encerrada en la torre, ocupado en la salvaguarda de esos muros y, por tanto, no puede dedicarse a cosas más interesantes y enriquecedoras para el “yo”, que vive también tras esas murallas. La duda es el paseo de la guardia: de un lado a otro sin parar, sin tomar decisiones, no vaya a ser que eso introduzca un riesgo, un cambio; no sea que algo suceda en la tranquila o intranquila existencia de quien vive con miedo.
Miedo es también la sensación de carecer de poder personal, una falta de confianza profunda hacia uno mismo, lo que provoca que nuestra mente tome el control de nuestra vida y se vuelva hipervigilante. Así el pensamiento lidera nuestra estrategia cotidiana de encuentro con el mundo. Pero pensar demasiado hace sufrir y aumenta nuestro sentimiento de invalidez. Es significativo si ese funcionamiento inhabilita prestar atención más allá del pensamiento, ya que nos instala en una prisión. El miedo genera rigidez.
El miedo al miedo
«De repente, como si se tratase de la emboscada de un acérrimo enemigo, sientes que tu mente se escapa. El corazón enloquecido patalea como un caballo al galope. La garganta, llena de aire como un rio desbordado, se ahoga. La cabeza, como al borde de un precipicio, se tambalea de vértigo. El miedo se extiende, quieres escaparte pero no puedes huir de ti mismo, de tus propias sensaciones. El miedo te envuelve, te estrangula. Intentas controlarlo, pero es él quien te controla. Te siente enloquecer y morir al mismo tiempo».
Si en algún momento de tu vida has experimentado todo esto, es que has tenido un ataque de pánico.
¿Cuándo acudir al psicólogo?
El hecho de que el miedo sea tan invasor y limitante no significa que se trate de una condena de la cual es imposible liberarse.
Para trabajar sobre el miedo invalidante, es indispensable que la persona experimente la sensación de atrapamiento que comporta esa emoción y cómo ésta le quita el derecho a ser ella misma y caminar por la vida de forma más ligera y ágil. Por tanto, el objetivo terapéutico es llegar a mandar sobre el miedo, y generar coraje, fuerza y valoración.
La tendencia de las personas que tienes alrededor es la de minimizar lo que sientes: “no es nada, eres tú que lo creas todo. No es una enfermedad física, es solamente tu miedo”. Esta afirmación de sentido común no tiene en cuenta el hecho de que un mal imaginario es peor que uno real y se puede convertir, en sus efectos, en más real que cualquier realidad. Es más, la mayoría de las personas ni saben qué hacer cuando ven a una persona alterarse por sus miedos. El no prestarle importancia es una de estas reacciones/soluciones del momento que pueden “valer” en el acto, pero que no sirven al afectado para gestionar futuras situaciones de miedo.
En fin, para aprender a enfrentarse y controlar eficazmente a los propios miedos es necesario recurrir a la ayuda profesional del psicólogo.
Los conceptos que aparecen en este articulo han sido extraídos de los libros "No hay noche que no vea el día" escrito por G. Nardone y “Guía para la intervención emocional breve” escrito por M. J. Pubill